Control y codependencia (Sobriedad Emocional. Parte II)

En tanto concepto relativamente nuevo, es normal que la “sobriedad emocional” sea un término polémico, mal entendido, erráticamente utilizado y duramente criticado. Y sin embargo es una realidad para muchos codependientes en recuperación como yo.

Una de las dificultades para comprender la sobriedad emocional  consiste en reconocer el control como la “substancia de uso” de mi enfermedad. Así como el alcohólico usa alcohol, el drogadicto drogas, los codependientes usamos control.

El control me “amarra” a dependencias tóxicas o -dicho en palabras sencillas- me lleva a mortificarme y hasta obsesionarme por cosas que no tengo el poder de cambiar y descuidar e ignorar las que sí puedo cambiar. La oración de la serenidad al revés, pues.

Mientras que el alcohólico no necesita “estudiar” el alcohol para saber cuándo está usando y cuándo no, como codependiente en recuperación, me corresponde comprender cuándo mis actuaciones están motivadas por codependencia, es decir, complacencia, baja autoestima, control compulsivo e impulsivo y  -lo peor- negación.

A diferencia del alcohólico que sabe cuándo está bebiendo, como codependiente, necesito de una comunidad de recuperación (mis madrinas y padrinos, mis compañer@s en recuperación) que me ayuden a examinar mis motivos que a veces son invisibles para mí.

Para estar sobria emocionalmente,  es clave que cuando siento emociones extremas o una urgencia de “hacer algo” me abstenga de actuar o, mejor dicho, de “reaccionar” hasta explorar con calma mis motivaciones. Dos lemas son útiles en momentos así: “Todo puede esperar” y “No hay crisis tan mala que no se pueda empeorar actuando codependientemente”.

El procedimiento preciso de cómo esperar cuando me siento “enganchada emocionalmente” está claramente explicado en el Libro Grande, en una sección que llamamos “La Pausa”  y que reproduje en un post anterior (La Pausa según el Libro Grande).

Entonces, yo veo una diferencia entre abstenerse de actuar codependientemente (declinar el uso de los patrones de codependencia) y estar sobrio emocionalmente (anteponer los Principios a las personalidades).

Voy a hablar más concretamente de esto en el tercer y último post sobre este tema pero – para ponerlo en pocas palabras -estar sobria emocionalmente se traduce para mí en actuar de acuerdo con los Principios del Programa y no de acuerdo con mis emociones extremas o ideas impulsivas.

Algunos apuntes para conversar sobre Sobriedad Emocional (Primera Parte)

Hace no mucho, participé en una discusión para considerar la celebración de las fechas de sobriedad emocional, de manera similar como, por ejemplo, en Alcohólicos Anónimos se celebra la fecha de sobriedad del alcohol.

La propuesta de celebración creó una polémica en la que incluso alguien tachó a la sobriedad emocional como un concepto ajeno a la recuperación en Codependientes Anónimos, nuestro programa de recuperación. a pesar de que varios de los presentes tenemos una fecha de sobriedad emocional generalmente determinada  por una experiencia espiritual especial. En el calor de la discusión se usaron adjetivos para calificar la sobriedad emocional como “falsa”, “vergonzante” o “inalcanzable”.

En este caso, un reflejo de mi sobriedad emocional fue aceptar que todo el mundo tiene derecho a su opinión y, aun así, recordarme que en recuperación trabajamos con experiencias, no con opiniones. Finalmente, las realidades hablan por sí mismas y persuaden solamente cuando la gente está lista. Nunca antes.

¿Cuál fue mi actuación? Como frecuentemente en recuperación, aceptar los procesos ajenos y no participar en controversias basadas en opiniones. No reaccionar basándome en las emociones que estas opiniones me produjeran y confiar que algo creativo se me ocurriría al respecto.

Como soy escritora, lo más inmediato fue escribir sobre mi experiencia con sobriedad emocional. Sin embargo la vida se interpuso, mi querida tía partió de entre nosotros y algunas situaciones familiares me alejaron de revisar y publicar lo que había escrito. Hoy por fin siento la inspiración de hacerlo.

Dado que es un tema sobre el que reflexiono frecuentemente, pensé que lo podría explicar brevemente, sin embargo, resultó un texto que preferí dividir en tres partes.

En esta primera, presento el tema rematando con un par de definiciones. En la segunda parte exploro las conexiones entre codependencia y control, así como la necesidad de reconocer el control como “substancia”  de uso de los codependientes. Para finalizar -en el tercer y último post- abundo un poco en los aspectos problemáticos de la concepción popular de sobriedad emocional (por ejemplo, que estar sobrio emocionalmente equivale a tener exclusivamente sentimientos moderados y una inacabable serenidad) y comparto algo de lo que he aprendido en el programa para saber si estoy sobria emocionalmente aun cuando experimente emociones inmaduras o extremas.

Comencemos con algo sencillo: CoDA en su Séptimo Concepto de Servicio sugiere que “los servidores de confianza necesitan practicar la sobriedad emocional, que incluye anonimato, humildad, tolerancia, gratitud, hacer reparaciones y perdonar”. Ahí está, una fórmula que se dice fácil pero que requiere una vida dedicada al crecimiento espiritual para ponerla en práctica.

Ya he hablado de anonimato como lo entiendo en recuperación (Sobre Anonimato). Sin embargo, muchos hemos encontrado el término “humildad” especialmente confuso. A mí me encanta la definición que dio Bill Wilson en la carta que se cita como origen del término y que reproduje en un post pasado (Carta de Bill Wilson sobre Sobriedad Emocional). Según él, la sobriedad emocional implicaría: “el desarrollo de más madurez y equilibrio verdaderos (es decir, humildad) en nuestras relaciones con nosotros mismos, con nuestros compañeros y con Dios.”

Como muchas ideas de los programas de 12 Pasos  ambos conceptos (sobriedad emocional y humildad) tienen una definición simple aunque nada fácil de poner en práctica.

My Aunt Emma and the fox

Yesterday I got up very early. As always, I first went to open the door for my dog so she can go potty. Then, in the darkness but very close to my patio door, a fox saw us and quickly ran towards the forest.

I live in Minneapolis, in one of the suburbs surrounded by lakes. I have the privilege that my backyard borders on a forest where it’s not rare to see deer, ducks, and wild turkeys. It’s the third time I’ve seen the fox around, but it is the first time I’ve seen him so close to home.

I was about to brew some coffee when I saw a message from one of my sisters. In this fashion, I learned that my Aunt, the only Aunt I knew, “went from one dream to another”, as it said in the message, lovingly softening the news.

My Aunt Emma went to meet my beloved cousin Nestor, who preceded her in their trip to the unknown. This extraordinary woman, who got acquainted with a wide range of emotions, even knew what it meant to lose her only son.

My Aunt Emma, one of my most important references of how to show love without brakes, without prejudice, without fear about what others say or without fear of ridicule, because she has her priorities straight: love and fun, messiness, and to protect whoever was in need.

My Aunt Emma who, like my mother, was an orphan and very early in her life decided there is no therapy better than dance, soups, well-done coffee, and let’s not leave out some chocolates.

My Aunt Emma, who during a visit, even when visiting someone for the first time, used to ask to use the bathroom and would take a shower  – though she had showered previously –  so she would be extra fresh and fragrant. Over time, I learned that it was a very useful way to classify people who were worthy to visit again (those who celebrated her “confidence”) and those who did not (because they were uncomfortable with her “freshness”).

My Aunt Emma, a.k.a. “Emma, the teacher”, helped thousands of students and parents – and I’m not exaggerating – many benefited from her energy, talent, and generosity.

Before the times of “teaching specialists” (as my sister Aimara and I were to become), my Aunt had the formula for any special educational need: consistency, fun and relentless love. If a child couldn’t learn how to read from my Aunt, nobody could teach them to read. Period.

However, I cannot remember anyone that defeated the almost mythical fame of my Aunt on this matter. Early or late, showing by example that no pessimism, bad diagnosis or sad news can defeat them, the kiddos ended up falling in love with books and the possibilities to dream of living good lives.

She named her little school and her home (they were the same) “We learn while playing”: one of the sacred places in my heart where I learned about love and generosity.

In the region where my Aunt’s little school was, she gained significant respect: any child that came from my Aunt’s school was guaranteed enrollment in further grades. Teachers in the area came to understand that any child taught by my Aunt would have not only skills higher than expected but also an eagerness to contribute, as you inevitably learned to do when around my Aunt.

This bright woman, in the most dazzling sense of the word, also taught many adults how to read. She, like my mom, took illiteracy and lack of access to education as a personal offense.

My Aunt’s labor of love did not stop at school tasks. She also taught values and solidarity in action. No matter how many difficulties life throw her way (they were not few), there was always a plate of food in my Aunt’s home for whoever was in need.

I would also venture to guess that she financed a lot of her students. Probably both with the meager tuition that she charged to sustain her family but also with breakfast and once in a while lunch or dinner, because for “Emma, the teacher” few things were worse than the idea of someone, let alone a child,  leaving hungry.

With her enthusiasm, my Aunt also explored and helped in the spiritual world. I don’t want to forget to mention this, although it’s something very private for the family, I know I’m not alone among those who benefited from her spiritual tips, immense faith, incredible energy, and intuition.

Even with her vices, my Aunt was one of the most generous people I know. At one point in her life, she was hooked on raffles and horse races, which got her into some of her worst, delicious, and crazy messes. However, her dreams to win were exclusive to give. She loved Christmas, imagining herself handing out the most necessary things to loved ones but also giving exuberant things because my Aunt knew the power of imagination and she fed it with all her being.

I visited my Aunt this year, in mid-October on my trip to Venezuela: we danced merengue, used costumes, and mocked people who mock the bizarre. She gave me one of her rings and a pair of trousers. It was impossible to leave my Aunt’s house without your arms full of gifts. If she had not something special for you, she was not shy searching her closet and cupboards, and then dressing you in her clothes and stuffing you with her groceries.

One of the considerable difficulties I find when you’ve physically lost someone is to give up plans. That is why it’s so difficult when someone very young dies. That is why it’s so difficult for me the departure of my Aunt: We had so many plans!

In those plans, she would come to visit me and spend some days here with Brad and me, in Minneapolis. She was going to prepare wonderful traditional soups that taste like pure concentrated love. I was going to show her the little forest, to pamper her in many ways, to show her berries and let her eat, even chocolates. With some luck, we would see a deer or two.

Who knows? Perhaps the fox I saw was not a coincidence. Maybe my Aunt with her crazy and fun ways came to tell me herself not to worry so much about the plans. Dreams always take you where you want to go.

La tía Emma y el zorro

Ayer me levanté tempranito y, como siempre, primero salí a abrirle la puerta a mi perra para que hiciera pipí. Entonces, en la penumbra pero muy cerquita de la puerta, estaba un zorro que apenas nos vio, salió corriendo hacia el bosque.

Vivo en Minneapolis, en uno de los suburbios rodeados de lagos y tengo el privilegio de que mi patio bordea un bosquecito en el que no es raro que se vean venados, pavos y patos salvajes. Es la tercera vez que veo al zorro, pero es la primera vez que lo veo tan cerquita de casa.

Iba yo a hacerme un cafecito cuando vi un mensaje de una de mis hermanas. Así supe que mi tía, la única tía que conocí, “pasó de un sueño a otro” como decía el mensaje suavizando amorosamente la noticia.

Mi tía Emma ya se fue a reunir con mi amado primo Néstor, quien la antecedió por uno de esos reversos incomprensible que hizo que esta extraordinaria mujer experimentara todo el rango de las emociones, incluso la pérdida de su hijo.

Mi tía Emma, una de mis referencias más importantes de cómo mostrar amor sin frenos, sin prejuicios, sin miedo al qué dirán o temor al ridículo, porque para ella el amor y la gozadera, el bochinche y proteger a quien lo necesitara eran siempre prioridades.

Mi tía Emma quien, como mi mamá, fue huérfana y bien tempranito en su difícil vida decidió que no hay terapia como el baile y las sopas, sin olvidar un cafecito bien colao y unos chocolates que nunca sobran.

Mi tía Emma que apenas llegaba a una casa en la que íbamos a pasar un rato, fuera de confianza o no, se las arreglaba para darse una ducha y salir fresca y olorosa a recién bañada. Con el tiempo, yo aprendí que era un medio muy efectivo para clasificar a la gente que merecía la pena volver a visitar (quienes le celebraban la “confianza”) y quienes no: los que se incomodaban con su frescura.

La maestra Emma como la conocen millares (y no exagero, son miles) de alumnos y padres que se beneficiaron de su energía, talento y generosidad.

Antes de los tiempos de psicopedagogas (como mi hermana Aimara y yo resultamos ser) mi tía tenía la fórmula para cualquier necesidad especial: consistencia, diversión y amor sin tregua. El niño o niña que no aprendiera a leer con mi tía estaba certificado que no aprendería a leer. Punto.

Sin embargo, no recuerdo a alguien que derrotara la fama casi mítica de mi tía en esa materia. Tarde o temprano a fuerza de mostrar con el ejemplo que a ella no la cansaba ningún pesimismo, diagnóstico o mala noticia, los chamitos y chamitas terminaban enamorándose de los libros , de las posibilidades de soñar buenas vidas y de “aprender jugando”, como se llamaba su hogar, que era la escuela que ella ponía a la orden del que se dejara y que es uno de los lugares sagrados en mi corazón en donde aprendí amor y generosidad.

En las escuelas de la zona donde estaba la escuelita de mi tía,  llegaron a respetarla con ojos cerrados: niño que viniera de las enseñanzas de mi tía tenía cupo garantizado porque las maestras sabían que les llegaría un niño no sólo con destrezas superiores a las esperadas para su grado sino también con un apetito enorme por ayudar, como era inevitable contagiarse cuando uno estaba con mi tía.

Esta brillante mujer, en el sentido más encandilante de la palabra, también enseñó a leer a muchos adultos pues, como mi mamá, ella tomaba el analfabetismo como una ofensa personal.

La labor de amor de mi tía no paraba en la enseñanza escolar. Ella también enseñaba valores y solidaridad en acción. No importa las dificultades que la vida le pusiera (que no fueron pocas) en casa de mi tía había un plato de comida para el que lo necesitara y me atrevo a adivinar que una gran cantidad de sus alumnos fueron “becados” no sólo de la exigua matrícula con la que mantuvo con gran decoro a su familia, sino también ayudados  con desayunos y uno que otro almuerzo pues no había algo que indignara más a la maestra Emma que la idea de alguien pasando hambre.

Mi tía también se adentraba con su frescura en el mundo espiritual. No quiero dejar de mencionarlo porque aunque es algo muy íntimo de la familia, yo sé que no somos pocos los que nos beneficiamos de sus consejos, inmensa fe e increíble energía e intuición.

Hasta en los vicios, mi tía fue una de las personas más generosas que conozco. En cierto momento de su vida, le dio por jugar caballos y loterías lo cual la metió en más de uno de sus disparatados y deliciosos líos. Sin embargo, sus sueños de tener eran exclusivamente para dar.  Le gustaba la navidad especialmente para imaginarse repartiendo a sus cariños las cosas más necesarias y las más exuberantes porque mi tía conocía a fondo el poder de la imaginación y la alimentaba con todo su ser.

Estuve con mi tía este año, a mediados de octubre en mi viaje a Venezuela: bailamos merengue Damirón, nos disfrazamos y nos burlamos de la gente que se burla del ridículo. Me regaló un anillo y un pantalón. Era literalmente imposible salir de casa de mi tía sin los brazos llenos de regalos y si ella no tenía algo especial, no tenía ningún reparo en buscar entre sus cosas, sus alacenas y vestirte de nuevo con su ropa y cargarte con su mercado.

Una de las dificultades mayores que yo encuentro cuando se pierde físicamente a alguien es renunciar a los planes. Por eso es tan difícil cuando muere alguien muy joven. Por eso es tan difícil para mí la partida de mi tía ¡teníamos tantos planes!

Ella vendría a visitarme y a pasarse unos días aquí  conmigo, en Minneapolis. Me iba a preparar un mondongo y un sancocho de gallina de esos monumentales que saben a puro amor concentrado. Yo le iba a mostrar el bosquecito, la iba a consentir, comeríamos chocolates escondidas y con suerte veríamos unos venados.

¿Quién sabe? Tal vez el zorro que vi no fue una coincidencia. Tal vez mi tía con sus maneras locas y divertidas vino a avisarme ella misma que no me preocupara tanto por los planes. Los sueños siempre te llevan a donde quieras.

La próxima frontera: la sobriedad emocional

 

El término “sobriedad emocional”  viene de una carta que escribió Bill Wilson, uno de los fundadores de Alcohólicos Anónimos, en enero de 1958 casi 20 años después de la publicación del Libro Grande.

Se puede conseguir en un librito llamado “El Lenguaje del Corazón” y ¡claro! en Internet en algunos blogs como este. La re-publico, con la intención de explorar luego un poco mi experiencia con la sobriedad emocional.

Ilustración de Aureliano Contreras

 Enero de 1958

Creo que muchos de los veteranos que han puesto a dura y venturosa prueba nuestra “curación alcohólica,” todavía se encuentran faltos de sobriedad emocional. Tal vez se verán en la vanguardia del próximo progreso importante en AA – el desarrollo de más madurez y equilibrio verdaderos (es decir, humildad) en nuestras relaciones con nosotros mismos, con nuestros compañeros y con Dios.

Estos deseos adolescentes de aprobación incondicional, seguridad total, y amor perfecto que tantos de nosotros tenemos – deseos completamente apropiados a la edad de 17 años – nos crean una forma de vida imposible de vivir a la edad de 47 ó57 años.

Desde que AA empezó, yo he sufrido tremendos golpes en todas estas esferas debido a no haber madurado emocional y espiritualmente. Dios mío, qué penoso es seguir exigiendo lo imposible y qué sumamente penoso es descubrir, finalmente, que desde el principio habíamos puesto el carro delante del caballo. Luego nos viene la angustia final al ver lo tremendamente equivocados que habíamos estado, y lo incapaces que aún somos, no obstante, de escapar de ese tiovivo emocional.

Cómo traducir una apropiada convicción mental en un apropiado resultado emocional y así en una vida tranquila, feliz y agradable – bueno, esto no es únicamente un problema de los neuróticos, es un problema que la vida misma nos presenta a todos los que hemos llegado a tener una sincera disposición a aferramos a los principios apropiados en todos nuestros asuntos.

Aun cuando nos esforzamos por aferrarnos, puede que la paz y la alegría sigan eludiéndonos. Y este es el punto al que hemos llegado tantos veteranos de AA. Y es un punto literalmente infernal. ¿Cómo se puede armonizar nuestro inconsciente – de donde surgen todavía tantos de nuestros temores, obsesiones y falsas aspiraciones – con lo que realmente creemos, sabemos y queremos? Nuestra principal tarea es cómo convencer a nuestro mudo, rabioso y oculto “Sr. Hyde”.

Recientemente he llegado a creer que esto se puede conseguir. Lo creo así porque he visto a muchos compañeros, gente como tú y yo, que andaban tanto tiempo perdidos en las tinieblas, empezar a obtener resultados. El pasado otoño, la depresión, sin tener ninguna causa racional, casi me llevó a la ruina. Empecé a temerme que fuera a pasar otro largo período crónico. Teniendo en cuenta las angustias que he pasado con las depresiones, no era una perspectiva muy prometedora.

Seguía preguntándome a mí mismo, “¿Por qué los Doce Pasos no sirven para liberarme de la depresión?” Hora tras hora, tenía la mirada fija en la Oración de San Francisco Es mejor consolar que ser consolado.” Aquí tenía la fórmula. ¿Por qué no funcionaba?

De repente, me di cuenta de lo que había de malo. Mi defecto principal y característico siempre había sido el de la dependencia – de una dependencia casi absoluta – de otra gente o de las circunstancias. Siempre había contado con que me proporcionaran el prestigio, la seguridad, y cosas similares. Al no conseguir estas cosas tal y como las quería y conforme con mis sueños perfeccionistas, yo había luchado por tenerlas. Y cuando me vino la derrota, me sobrevino la depresión.

No tenía la menor posibilidad de convertir el amor altruista de San Francisco en una manera feliz y practicable de vivir hasta que no se extirparan esas dependencias funestas y casi absolutas.

Por haber hecho en los años pasados algunos pequeños progresos en plan espiritual, vi revelado como nunca antes lo absolutas que eran esas dependencias espantosas. Reforzado por la gracia que podía encontrar en la oración, me encontré obligado a valerme de toda la voluntad y fuerza de las que disponía para extirpar esas defectuosas dependencias emocionales de otra gente, de AA – para decir verdad, de cualquier circunstancia o cualquier cosa. Únicamente al lograrlo, seria libre de amar como San Francisco. Llegué a darme cuenta de que las satisfacciones emocionales e instintivas nos vienen como dividendos de sentir el amor, ofrecer el amor, y expresar un amor apropiado para cada relación de nuestra vida.

Claro estaba que no podría aprovechar el amor de Dios mientras no pudiera devolvérselo a Él, amando a mis prójimos como Él quería que yo hiciera. Y esto no lo podría hacer mientras siguiera siendo víctima de falsas dependencias.

Porque mi dependencia significaba exigencia – una exigencia de apoderarme de la gente y de las condiciones que me rodeaban y de controlarlas.

Aunque te parezca ser una especie de artilugio, esta expresión – “dependencia absoluta” – fue lo que desencadenó mi liberación y me hizo posible lograr la estabilidad y tranquilidad que conozco ahora, cualidades que sigo intentando consolidar, ofreciendo amor a otros, sin exigir nada a cambio.

Aquí parece que tenemos el ciclo primordial de la reconciliación: un amor efusivo ante la creación de Dios y para con sus criaturas, nuestros semejantes, y por medio del cual podemos aprovechar el amor de Dios para con nosotros. Se puede ver con suma claridad que la corriente efectiva no puede fluir hasta que no se rompan nuestras dependencias paralizadoras – hasta que no se rompan a fondo. Solamente entonces nos será posible tener siquiera la más remota idea de lo que realmente es el amor adulto.

¿Me dices que es una especie de cálculo espiritual? Ni mucho menos. Observa a cualquier AA con seis meses de sobriedad mientras trabaja con un nuevo caso de Paso Doce. Si el candidato le dice “Vete al diablo,” no hace más que sonreír y ponerse a trabajar con otro. No se siente frustrado o rechazado. Y si el próximo caso responde con amor y atención para con otros alcohólicos, sin darle nada a él, el padrino, no obstante, está contento. Todavía no se siente frustrado, sino que se alegra porque su antiguo candidato está sobrio y feliz. Y si resulta que el siguiente caso se convierte en su más íntimo amigo (o en su amor), entonces el padrino siente el mayor regocijo. Pero se da perfecta cuenta de que su felicidad es un subproducto – este dividendo de dar sin exigir nada a cambio.

Para el padrino, el factor más estabilizador ha sido sentir amor y ofrecerlo a ese borracho desconocido con quien se tropezó. Esto era el trabajo de San Francisco, eficaz y práctico, sin dependencia y sin exigencias.

Durante los primeros seis meses de mi propia sobriedad, me dedicaba diligentemente a trabajar con muchos alcohólicos. Ninguno de ellos respondió. Sin embargo, ese trabajo servía para mantenerme sobrio. Esos alcohólicos no me dieron nada. La estabilidad que logré se originó en mis esfuerzos para dar, no en mis exigencias de que se me diera.

Y creo que así podemos tener parecidos resultados en cuanto a la sobriedad emocional. Si analizamos toda inquietud que sentimos, las grandes y las pequeñas, encontraremos en su origen alguna dependencia malsana y la exigencia malsana derivada de esta dependencia. Abandonemos, con la gracia de Dios, estas exigencias obstaculizadoras. Entonces nos veremos liberados para vivir y para amar; entonces, nos será posible aprovechar el trabajo de Paso Doce, tanto con nosotros mismos como con otra gente, para lograr la sobriedad emocional.

Huelga decir que no te he propuesto una idea realmente nueva – solamente un artilugio que me ha servido para librarme, a fondo, de mis propios “sortilegios.” Hoy día, mi cerebro no va corriendo obsesivamente hacia la euforia y la grandiosidad ni hacia la depresión. He encontrado un lugar sereno bañado en la luz del sol.

Bill Wilson

Desesperación y obediencia

Ilustración de Aureliano Contreras

Hoy, tengo la capacidad de ver la desesperación como el regalo que me hizo bajarme de mis opiniones y teorías sin fundamento  y navegar en la experiencia. La desesperación me regaló la “obediencia”.

En recuperación, entiendo por “obediencia”  estar dispuesta a actuar así yo no esté de acuerdo o no me sienta con ganas. Nadie me obliga, pero lo hago porque estoy suficientemente desesperada. En otras palabras, obedecer es verificar mis teorías con la experiencia. Ser capaz de ver resultados. Si uno se pone a ver, la obediencia en recuperación es una actitud bastante científica.

Por ejemplo, pienso que rezar de rodillas es una ridiculez que solamente puede hacer una gente con el cerebro lavado. Eso es una opinión. Obediencia es rezar de rodillas y ver qué pasa. Siempre digo que una vez que conocí el Libro Grande de AA y sus simples instrucciones “hice cosas en las que no creía y obtuve resultados que no pude negar”.

Los adictos (y la gente con mente cerrada) tendemos a juzgar cosas que no conocemos y atribuirles rasgos peligrosos o distorsionados basándonos en prejuicios. Pues, justamente, acabo de llegar de Venezuela (vivo en Minneapolis y me pasé casi un mes en mi país) y un ser querido que me acompañó al aeropuerto para despedirme me preguntó qué significaba CoDA.

CoDA y los 12 Pasos me han enseñado a contestar con sencillez, amabilidad y verdad, aun cuando yo presienta (o quizás especialmente si presiento) que es una “pregunta envenenada”, esto es, una pregunta para enzarzarnos en controversia o como preámbulo para un ataque. Así que contesté “CoDA son las siglas para Codependientes Anónimos, un programa de 12 pasos.” Entonces mi interlocutora quiso saber más y le dije que era un programa parecido al de Alcohólicos Anónimos pero para la codependencia.

Como se trata de una persona supremamente inteligente a quien le gusta conocer datos y fechas, me preguntó dónde y cómo había surgido. En ese momento, pedí a Dios que hablara a través de mí y pude hacer un resumen de unos pocos minutos  sobre cómo Bill Wilson y el Dr. Bob se conocieron y comenzaron Alcohólicos Anónimos y cómo este programa ha sido el modelo para otros 12 Pasos que enfrentan problemas imposibles que solamente la espiritualidad puede resolver. La concisión no se me da fácil, así que mi brevedad fue una señal de Dios hablando por mí.

En lo sucesivo, mi interlocutora compartió su “teoría” de cómo funciona el sistema de medallas en AA de acuerdo con lo que ha escuchado a un amigo. Según le entendí, sería como un programa de reforzamiento conductual en el que dan y quitan medallas para obligar a la gente a obedecer.

En otro tiempo, yo hubiera iniciado una discusión para “aclarar” que las medallas de 12 Pasos no se usan así. Hoy, gracias a haber practicado la “autonomía”  que es el principio de la Cuarta Tradición, pude escuchar con respeto y aceptar que todo el mundo tiene derecho a estar equivocado, incluso yo.

Cuando se acercó la hora de embarcar, me pude despedir con una mezcla de alegría y tristeza, honrando mis sentimientos con autenticidad y sin que, gracias a mi necesidad de tener razón, hubiera estallado el clásico “peo” que caracteriza las despedidas en mi familia.

Nada de esto estaría disponible para mí si la desesperación no me hubiera guiado a “ser obediente”, recuperándome en CoDA.  Por eso, dedico este post a mi nueva ahijada en Venezuela, quien, aunque no lo pueda ver, está recibiendo ahora mismo el magnífico regalo de la desesperación.

Trinidad sube el cerro

Trinidad es una compañera que hace unas semanas fue oradora en nuestra reunión de CoDA de estudio del Libro Grande en WhatsApp. Su charla sobre honestidad fue tan intensa que me conecté con ella privadamente y desde entonces hemos estado compartiendo nuestros procesos de recuperación.

A esta reunión virtual en la que nos “conocimos” (en principio, no nos habíamos visto las caras) asisten hispanohablantes de muchos rincones del planeta y ¡casualmente! Trinidad es caraqueña como yo, y también comparte la pasión por la escritura.

Cierta vez, me estaba contando lo mucho que significa para ella reconectarse con sus prácticas excursionistas. Encontré su relato tan bello y sanador que la invité a compartirlo por escrito. Con mucho entusiasmo, ella hizo un primer borrador que yo quería publicar cuanto antes,  sin embargo, Trinidad no se sentía lista.

La recuperación me ha enseñado que todo puede esperar, así que acordamos que ella lo pondría en oración y su poder superior ya le indicaría cómo y cuándo publicar si ésa era su voluntad. Tuvimos así la oportunidad de trabajar con nuestras respectivas impaciencias e inseguridades. En el mundo de la recuperación ¡no hay desperdicio!

La historia de cómo le llegó la claridad sobre ofrendar sus talentos y publicar sus escritos es tan hermosa que no la voy a compartir, en caso de que Trinidad quiera regalarnos otro escrito.

Entre tanto, yo pude viajar a Venezuela. Ahora nos conocemos personalmente y hemos asistido a una reunión de CoDA juntas y ¡qué casualidad! hoy se suponía que subiéramos juntas al cerro. Yo no pude, pero en cambio tengo el chance de compartir su relato. Aquí está:

Yo soy venezolana y vivo en Caracas. Hace como tres semanas comencé a caminar en el Parque Nacional de la cordillera que rodea mi ciudad por el costado norte: el majestuoso Waraira Repano o cerro El Ávila como se le llamaba antes.

Atrapada por la codependencia, tuve muchos años sin practicar auto cuidados, sin ocuparme de lo que me gusta… sin subir mi amado cerro. Ahora, en recuperación, recomencé para ejercitarme físicamente y a regalarme espacios para mí.  Asombrosamente, cada vez que subo resulta una experiencia espiritual que me permite ver un paralelismo entre “subir el cerro” como decimos los caraqueños y el proceso de recuperación de la codependencia.

Cuando llego a la entrada del parque, siento que tal vez no va a ser fácil, pero recuerdo un lema que usamos en recuperación: “Sólo por hoy”. Esto me ayuda a silenciar mis voces, a centrarme en el camino y no en el resultado. Veo que no es fácil, pero que vale la pena, que hay atajos, pero que si los tomo pueden desviarme o incluso extraviarme, así que me mantengo en el camino principal.

Hay instantes en los que me distraigo, me resbalo y estoy a punto de caer. Sin embargo, vuelvo a pararme y sigo. Hay momentos en los el cansancio me gana y, la verdad, no quisiera continuar, allí hago una pausa, respiro, tomo agua (que es como cuando me conecto con mi Poder Superior en recuperación) y entonces puedo seguir adelante.

Subir puede ser extenuante, pero bajar amerita más cautela; aunque crea que ya me sé el camino las caídas bajando son más peligrosas. Igual en mi programa; trabajarlo puede ser fatigoso, pero alejarme de mis prácticas espirituales y de mi comunidad en recuperación me pueden ganar un resbalón.

En el camino veo a personas que están ocupándose de sí mismas, tratando de subir sin ayuda. Veo a otras apoyándose entre sí. Veo a algunas que hacen mucho esfuerzo y otras que parecen no esforzarse. Todo eso me recuerda el proceso de recuperación que vivo en CoDA y me deleita comparar mi programa con mi recién descubierto excursionismo.

Lo más importante es que, aunque vaya acompañada, voy conectándome con mi espiritualidad en cada cosa que veo, desde una mariposa, a las hormigas, las rocas, los árboles y las raíces. Reflexiono cuán fuertes o retorcidas han sido mis raíces emocionales o mis raíces familiares. Noto que en algunos momentos puedo lograr lo que me propongo y en otros no. Pero ya no estoy ni me siento sola, tengo a mi Poder Superior y un programa de recuperación. 

 

Hacer las cosas con amor

Ilustración tomada de iluminarnuestrosvinculos.blogspot.com

Estaba viendo con Brad, mi esposo, un programa sobre los beneficios de hacer las cosas con amor.  Brad– aunque inteligente y tolerante – no es alguien a quien le guste ver shows de espiritualidad. Sin embargo, me acompañaba para yo poder compartirle una anécdota. En eso, él detiene el programa y me pregunta:

 – ¿Qué significa para ti hacer las cosas con amor? Yo las más de las veces trato de hacer lo mejor que puedo cuando hago algo pero a veces me desconcierta no saber si eso es hacerlo con amor. Y, por ejemplo en mi trabajo, hacer las cosas bien no necesariamente significa que me siento bien. A veces la ansiedad me gana…

La pregunta me tomó por sorpresa pero traté de conectarme con mi experiencia. Los programas de 12 Pasos me han enseñado eso; a hablar desde la experiencia.

– Para mí hacer las cosas con amor es resistirme al miedo y al juicio hacia mí o hacia otros. Hacerlo sin expectativas y dejarme sorprender por Dios.

mmm… suena sencillo – contesta Brad – pero ¿cómo logras eso en términos prácticos?

Nuevamente me tocó reflexionar.

– No sé cómo lo hagan otros. A veces, sale sólo y hago las cosas de lo más contenta. Otras veces, sentimientos difíciles como miedo o vergüenza son mi señal de alarma: me estoy alejando del amor. Esto lo experimento como una  sensación de frío desagradable en el estómago, un malestar en el pecho, a veces un hambre falsa. Cada quien tiene sus síntomas con los que puede reconocer sufrimiento y confusión. Cuando estoy así es difícil percibir y reflejar amor…

– Para mí es como un plomo en el pecho que apenas puedo respirar y unas ganas de salir corriendo o un desánimo y falta de energía que se siente fatal – añade Brad.

– En otras cosas – sigo yo–   si siento irritación hacia mí o hacia otros sé que, aunque no me haya dado cuenta, hay juicio en lo que pienso. Allí puedo identificar los pensamientos en que alguna voz dentro de mí califica – a veces cruelmente– mis acciones o las acciones de otros…

– ¿y entonces que haces con eso?

– bueno, desde que descubrí el Libro Grande, hace cuatro años, me he pasado tratando de reconocer, cuestionar y distanciarme de mis pensamientos. Verlos como algo que viene a mí pero que no son necesariamente mis instrucciones sobre cómo actuar. En mi experiencia distanciarse de los pensamientos requiere un montón de práctica que se logra con la meditación diaria que tú me has visto practicar desde hace un tiempo. (De esto hablo en otro post LAS VOCES O “YO NO SOY LO QUE PIENSO” ) Para mí, la meditación proporciona el silencio que me permite volverme observadora de mis pensamientos…

¡yo sabía que había una condición difícil! – comenta Brad jocoso.

– sí y no. Aunque la disciplina de meditar puede ser retadora, más difícil es vivir gobernada por lo que pienso. Sobre todo por pensamientos que vienen sin invitación. Volviendo a tu pregunta, cuando logro hacer las cosas sin juicio ni miedo, retorno a mi ser natural que es el amor: me vuelvo más amable, puedo cooperar mejor y las cosas fluyen o bien con armonía –si se da el resultado que quiero– o con humor, si no se da el resultado esperado. A veces ¡ni siquiera espero algo! sólo disfruto lo que hago.

Conectada al amor, generalmente tengo más energía o me puedo dar cuenta de que necesito parar y descansar. Simplemente, puedo reconocer a Dios haciéndose cargo. Eso quizás resume lo que para mí es hacer las cosas con amor.

Callarse la boca

“No todo pensamiento debe convertirse en palabra. No cada sentimiento debe convertirse en acción. A veces necesito guardar silencio.

Si mis palabras van a ser duras, van a ridiculizar, juzgar o criticar algo, no las digo. Si mis palabras van a ser hirientes seré amable y no las diré.

Si tengo una opinión (o consejo) que nadie pidió, lo guardo para mí. Si no es un hecho objetivo, no lo presento. Si no es una verdad, no la difundo. Si no es algo mío que comentar, no lo comento.

Si no quiero – o no necesito –  saber y no puedo o no debo hacer nada al respecto entonces no pregunto. Si estoy molesta no necesito gritar. Si estoy resentida, no necesito demostrarlo. Si estoy herida no necesito herir. Necesito pensar antes de hablar o actuar. Más que todo necesito callarme la boca. En boca cerrada, no entran moscas.”

Traducción libre del libro de meditaciones. “Cuidando los dientes de león: Meditaciones honestas para madres de hijos adictos” por Sandra Swenson.

 

 

 

Un mal día

Hoy tengo unos de estos días en que nada me da ánimo.  Ya ha comenzado el otoño bastante frío y sin que hayamos gozado ¡ni siquiera! de un verano caliente. Frío sobre más frío y estoy cansada. Entonces me pongo a limpiar mi computadora y me encuentro con este escrito… a propósito de otro tiempo frío y con el mismo sentimiento. Al final un lema viene a mi rescate.

La primavera está comenzando bien tarde. Todavía hace frío y aunque algunos árboles ya han empezado su espectáculo de inundación de flores sólo logro ver mi patio horroroso lleno de pupú de perro por recoger, con malezas de las que no me he ocupado y los conejos haciendo de las suyas con las pocas matas de flores que me quedan, todas necesitadas de cariñito.

Tengo montón de ropa que doblar,  no me he ocupado del blog, cantidad de diligencias aburridas con las que no quiero lidiar y cero inspiración para escribir la novela. Entonces me ataca la vergüenza tóxica  “¿cómo se te ocurre tener un mal día cuando tanta gente cercana y querida está sufriendo por motivos reales?”.

Bueno, por experiencia sé que es tiempo de meditar. Por suerte hoy no trabajo temprano así que practico mi prédica. Me echo en el suelo por 20 minutos a respirar profundo y tratar de distanciarme de mis pensamientos. Los pensamientos ganan y salgo de la meditación más alterada que serena: con una lista irrealizable de cosas pendientes, algunas de las cuales incluyen seres vivos (mis sobrinos, mi perra, mis matas) que van a sufrir por mi negligencia.

Me arrastro a la computadora y empiezo a escribir. Tengo sueño pero la idea de tomar una siesta me horroriza. Nada que hacer. Mi mente grandiosa -que supone que el mundo se va a detener si yo no hago lo que debo- me fuerza a seguir tratando de completar algo. Por eso escribo esto.

Empiezo a temer que ya es casi hora de irme a trabajar al café y que me toca cerrar: un trabajón. Para completar ahora inventaron un esperpento de “La hora feliz de la merengada helada” (Frappi-hour)  y voy a llegar en pleno frenesí de la gente pidiendo bebidas azucaradas con la “gentileza” de un adicto que necesita su “arreglo”.

Mi cabeza hoy no puede ser más negativa. Entonces recuerdo un lema que siempre me ayuda “No dejes que un mal rato te convenza de que tienes un mal día. No dejes que un mal día te convenza de que tienes una mala vida.”

Papeles inesperados de espiritualidad y vida

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